Cajón desastre 1

Ante la intolerancia y la osadía del que se atreve a odiar sin compromisos, ni memoria, el debate y el argumento no funcionan. Si debates con lo que no puede ser debatido, el argumento mismo pierde energía. Pierde el encanto del debate y se convierte en una especie de teatro del que no sale mas reforzada la palabra, sino el acto.

Ante una España divida, fracturada, no en dos, ni en cuatro, ni en ocho sino en tantas fracturas que contarlas en estas líneas sería inverosímil solo queda una pregunta, ¿de qué estamos hablando? Los nacionalismos, la raza, el género, el sexo, la vida, la dignidad, Dios…

Ahora, los monstruos crecen con proclamas y luchas, todos quieren ser activistas, todos necesitan ser escuchados, nadie quiere escuchar. Las sabias se pliegan en sus argumentos en una cacofonía de voces donde la palabra ya no existe sino la importancia de conseguir colar un hashtag en tendencia y mientras tanto los monstruos juegan, planean, se forman y vociferan.

En una ocasión, estando yo en clase, recuerdo no intervenir pese a que mis compañeros lo pedían, lo exigían ante una profesora de los mas ultra de los ultras, de las que defienden el banco central y el FMI, en ese momento, con mi majestuosidad, esa que me caracteriza, entoné un tono amable y luché por la nota que me corresponde alabando la política migratoria del Banco Mundial.

Nadie me preguntó porqué no lo hice, porqué no lideré una auténtica revuelta contra esa liberal que se dibuja de libre pero que está presa. Nadie me aconsejó nada, ni me pidió nada, los mensajes en el grupo de whastapp frenaron esperando mi respuesta en clase, simplemente miré a mi única amiga en clase, la real, y con mirada cómplice sin decir nada, le dije, «Tía, aprueba la asignatura, necesitas la beca». Y en ese instante ella entendió que mi majestuosidad en el discurso era precisamente ese, el no decir nada más que lo que necesitaba escuchar el poder para que el mismo poder me permitiera continuar con mis estudios.

Podría decir que fui valiente, otros me tacharían de cobarde. Alguien dirá que es una excusa. Y todos llevaremos razón, porque la palabra tiene el poder de poder construir la razón a nuestro favor si tenemos los medios suficientes para defenderla. La realidad es que yo tenía la impotencia de la razón, la potencia de hablar, si, pero la impotencia de necesitar pasar la asignatura.

Sólo en uno de los momentos usé mi potencia en la palabra, y la empleé porque sabía que dijera lo que dijese el campo ya estaba ganado. El poder entró por la puerta, se disfrazada de amigo del impotente, y no hay nada que engrandezca más su poder que, el impotente, la inválide, emplee el uso de su palabra para denunciar lo que en principio ya sabe que es denunciable porque lo perpetua cada día, pero con una diferencia del ejemplo anterior, este poder es consciente.

Denuncié de sus palabra el antigitanismo y en sus ojos, ávido de teatro, convirtió la palabra en guiño y ante su paso, elevó el teatro de la mea culpa, materializado en el regalo posterior de un arsenal de sus libros en promoción, ¡Qué detalle! ¡Qué cercanía! Especialmente la de su mano en mi cintura sin consentimiento. ¡Pasen y vean, pues, al poder con la gitanería! ¡Habrásevisto espectáculo más cañi?

Y la palabra se enmudeció en la vergüenza, en la impotencia y en la memoria. Porque mientras unos ladran con amnesia, la memoria se enmudece en el mediterráneo, el Raval, en el Almanjayar, en la Mina, en la Cañada Real, en las 3000 y en tantas otras que en mi no cabe la palabra.

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